Es una noche fría y templada, clara y nublada, triste y muy triste. Algunas cosas mueren apenas empezar, inesperadamente, cuando todo parecía sonreir.

Se desprende un rayo mustio del sol que alumbraba y parece que el astro entero hubiera sido devorado por las tinieblas. Es muy difícil abrir la ventana y no encontrar la luz de todos los días. Decirse: hoy no hay luz, tendré que encender la bombilla. ¡Llevaba tanto tiempo sin encender la bombilla!

 

Cuando yo encendía la bombilla vivía en una casa vacía y escribía cartas desde mi celda. Recuerdo que tras la ventana descendía un eterno invierno como un sonajero roto, que las nubes no volaban y casi rozaban mi cabeza…

Me despertaba y recordaba la pesadilla desagradable. Yo nunca había vivido en una casa vacía con nubes bajas con sonido a sonajero y al escribir, ¡oh, sí!, de mi mano salían siempre notas de esperanza.

Era niño y dormía con un espejo blanco al lado de la almohada como si fuera un muñeco de trapo. Creía que podía verme mientras dormía, porque en el sueño pasaban las cosas agradables cuando eran tristes.

 

¿Por qué se cayó ese rayo? ¿No estaba bien sujeto? Y, ¿qué haces tú, sol, que no sujetas bien tus rayos?

Dormiré en mi noche encendida y apagada.

Desterraré a los pájaros que vengan a cantar a mi vantana.

Soñaré mi sueño con mi espejo blanco.

Y guardaré el rayo dobledo en un armario…

Un ejército de nubes se lleva mi relato que no es relato, ni carta de celda. Se lleva minutos de pensamiento extraño.

Lloverán minutos de pensamiento extraño