También parecía que habías vuelto tú a lomos del tiempo. No. El tiempo no devuelve nada, son las alucinaciones de duermevela, para volver a sentir lo que ahora no hay manera de sentir de ninguna manera, el borde de la cama lleno de fotografías desnaturalizadas, de discos que suenan mal, de lágrimas barrocas -¿existe eso?- que se hunden en la ducha, de cartas que se ponen amarillas de cuando eran cartas… No, es mucho mejor la memoria. No sé cómo lo hace el cerebro, pero la renueva por las noches, la reviste, le repone los colores a las esquinas, le pega barniz a las firmas de los episodios elegidos, se confabula con la locura para decidir que aquella tarde fue un terraplén de desvelos cuando igual fue un tobogán de caricias que no sabían bien donde posarse…

¿Por eso nos pasamos la vida queriendo alucinar? ¿Por eso los niños ya respiran pegamento? ¿Por eso los viejos se meten en los armarios? ¿Por eso nosotros hemos vuelto a salir al escenario como dos fetiches en blanco y negro de la mano de mi imbecilidad? ¿Cuánto tiempo hacía que yo no era imbécil de esas maneras tan clásicas?. Me puse a beber en medio de la lluvia como se pone a temblar una mariposa con luces de mentira… bueno, y qué, también me pasé media vida colgado de mis sueños y nadie me bajaba y al final mi vida se tuvo que venir a vivir conmigo porque estaba harta de ser la sombra de Peter Pan. Todo el mundo quería ser Peter Pan, pero el único que lo era era yo, ¿te acuerdas?, tú mismo no te lo explicabas, decías que era la manera de correr, decías que era la manera de nadar, decías que era la raya a la derecha… yo haciéndote poesías, tú vistiendo con ellas a las niñas y los dos llorando por aquellos ramalazos de amor que no se estaban quietos, iban y venían y rebotaban en las sonrisas de dientes blancos y regresaban ciegos y locos en las pistas redondas de las discotecas o húmedos y bellos en la esquina del salón cuando sólo éramos capaces de hablarnos con música…